César Vallejo



 
PIEDRA NEGRA SOBRE 
UNA PIEDRA BLANCA 
 
 
 

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos... 
 

 

      MASA

      Al fin de la batalla,
      y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
      y le dijo: «No mueras, te amo tanto!»
      Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

      Se le acercaron dos y repitiéronle:
      «No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!» 
      Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

      Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
      clamando: «Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!» 
      Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

      Le rodearon millones de individuos,
      con un ruego común: «¡Quédate hermano!» 
      Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

      Entonces, todos los hombres de la tierra
      le rodearon; les vió el cadáver triste, emocionado; 
      incorporóse lentamente,
      abrazó al primer hombre; echóse a andar…

      10 de noviembre de 1937



(c) 2000 Juan Manuel Torres