Variantes sobre un episodio común en la línea rosa del MetroJuan Manuel Torres Moreno
(De mis viajes en Metro rumbo al IFAL
y a otros sitios espeluznantes)![]()
--1--Cuando ocurre un apagón en el Metro, a medio túnel y en la Línea Rosa, no importa mucho que se viaje en uno de los vagones franceses o de los hechos aquí en México: luego luego lo empieza a invadir a uno esa mezcla amarga de coraje y calor que se pega a las nucas y a las gargantas como un parche poroso usado durante días, que se adhiere con una pegajosa inmovilidad, que hace alusión a carbonosos finales, y que no se quitará sino hasta que lleguen a saludar los primeros trabajadores de la mañana.Pero como la mayoría lo ignora, todo esto no parece importarle en lo más mínimo a todo ese montón de gente que se halla encerrada en esos trenes anaranjados y horrorosamente tibios. Cuajados de un aire caliente y viciado que hace nacer una opresión en el pecho, que surge de adentro para adentro; que se queda ahí, encerrada en forma de una bola dura que sube a la garganta. Sólo se molestan en desesperarse, en (dejar de) mirar el reloj a ratos y en tronar la boca diciendo “¡Caray!” al vecino próximo de cuando en cuando, como si con eso fueran a arreglar la situación o por lo menos a evitar que aparezca un sol verde (o azul) a la salida de la estación.
- "Cada segundo que pasa pesa como un kilo, y cada kilo forma parte del Metro en el cual estamos: sistema internacional de mediciones MKS: metro-kilogramo-segundo" divaga un estudiante universitario del último vagón, que al igual que los demás, confía solamente en que el tren avance y llegue -quién sabe para qué-, rápidamente hasta la otra estación. Y la mera verdad no les importaría mucho la forma de llegar; y lo mismo les daría irse caminando por el túnel que llevar empujando el convoy, con tal de estar lo antes posible en la próxima estación.
Para su fortuna, después de esperar cerca de cuatro horas y media entre la semiluz de las lámparas de emergencia y los sudores que empiezan a descomponerse; llegan los socorristas diciendo que (¡gran novedad de la tarde!) “hubo un desperfecto en la electricidad y que (entonces) todo mundo deberá bajar de los vagones”. Con ayuda de unas barretas abren una puerta, se disculpan y sacan pasajeros desfallecientes y lívidos de coraje; al fin de pedirles mil y un disculpas, logran convencer a los más testarudos y que están prácticamente “trabados” de ira en sus asientos verdes; tercos en su afán de protestar ante el Director General en ese mismo sitio y en ese mismo instante. Al final van bajando todos lentamente, con más o menos afán, mientras un viejito de bufanda café y traje color gris rata no desaprovecha la ocasión para dar fuertes bastonazos en el suelo en señal de profunda indignación, lanzar consignas contra el gobierno y reclamar insistentemente ante el policía que le toma de las mangas del saco y que quiere ayudarle a brincar.
Eso pasa en el vagón uno y en el dos, y en el tres, cuatro y cinco; y hasta en el bullicioso seis, en el que ya algunos pasajeros (en su mayoría jóvenes universitarios y estudiantes de francés del IFAL) han empezado a pegar pancartas en las ventanas y por las que algunos incluso, tratan de salir entre empellones.
Y siguen rescatando gentes entumecidas del vagón siete y del ocho, pero hasta aquí llega la buena suerte: al último vagón lo dejan intacto, sin siquiera mirarlo vaya, y si a cambio con gente y ventanas y asombro adentro. Los socorristas acabaron de sacar a la gente de todos los vagones a excepción del nueve (número de mal agüero, como todo el mundo lo sabe). Y a esta gente, le empezó a agarrar primero, una especie de inquietud, un grito reprimido en el pecho después, un rencor sordo colectivo, que degeneró rápidamente en un alboroto de gritos, protestas y silbidos que ni el plástico de las paredes lograba detener, sino que más bien lo amplificaba en 50 decibeles. Hubo escenas verdaderamente desgarradoras: había un señor gordo, licenciado típico del centro de la ciudad, que daba de alaridos y le vociferaba a otro como si éste último tuviera la culpa de que no los hubieran sacado: le reclamaba, le amenazaba con un embargo precautorio, le insultaba ferozmente e incluso llegó a aventarlo en un momento dado contra una de las ventanas. Golpeaba los asientos, berreaba, bufaba, en tanto la corbata le daba vueltas y hasta se le sangoloteaba alrededor de la papada mientras hablaba y decía y levantaba las manitas en señal de indignación.
Desde dentro de las ventanas algunos otros sacaban los brazos apoyándose en el cristal con el anuncio de
NO SE ASOME NI SAQUE LAS MANOS
chiflando y gritando desesperadamente a unos policías que ya no estaban, que se había ido desde que llegaron. Adentro del vagón la situación era insoportable y el ruido indescriptible. En su afán por salirse, algunos viajeros iracundos empezaron a patalear las puertas para abrirlas, y luego de abollarlas un tanto las empezaron a jalonear para uno y otro lado hasta que tronó el mecanismo neumático, abriéndose entonces con un sonido violento, casi intestinal. Debido a ésto, los más revoltosos que estaban hasta el frente y que hacían más bulla, cayeron estrepitosamente a los rieles; pero eso no pareció importarles en lo absoluto y se levantaron orgullosamente sacudiéndose la oscuridad que se les había pegado del túnel.El gordo gritón llevaba un periódico vespertino en el pantalón que, a la hora de caerse quedó tirado entre las vías: un montón de noticias grasientas desparramadas entre la grava y los durmientes. Noticias en las que -a pesar de ser vespertino- no figuraba la del apagón en el Metro de esa tarde.
La gente encerrada ya no aguantó ni un minuto más y vociferando pestes empezaron a bajar del vagón nueve, pataleando de coraje, maldiciendo del gobierno de la ciudad y de tan pésimo servicio de la Línea 2. Cualquiera sabe que en un túnel el tiempo pasa más rápido, así que para entonces era ya media noche; a esa hora la oscuridad era ya tanta y tan pesada que se encaramaba en los hombros de las gentes y las hacía encorvar -algunos ya gateaban-, pero éstos, en su ignorancia, atribuían todo al cansancio.
Al bajar al piso de grava y de los soñadores durmientes de madera encontraron únicamente a nadie. Avanzaron rápidamente para salir de ahí y se perdieron instantáneamente entre la directriz infinita de las vías.
No habían pasado más de diez minutos de que se habían ido, cuando de repente, se ve entre las vías que alguien regresa: no todos, sólo dos viajeros que regresaban al tren caminando de espaldas (seguramente para ahorrar tiempo): como el viaje a pie les resultaba muy aburrido, decidieron separar la cabina del resto del convoy y, empujándola convenientemente, llegar más cómodamente hasta la otra estación (así es la gente cuando se desespera). Y efectivamente así lo hicieron: uno en el interior manipulando hábilmente los controles y palancas misteriosas, y el otro abajo empujando; y la máquina avanzó (la fé mueve cabinas, evidentemente) y pronto tomó una velocidad vertiginosa; tanto así que el que iba empujando por detrás tuvo que correr rápidamente y treparse a ella, pues de otro modo se hubiera quedado estancado con su lentitud.
Poco después alcanzaron a los demás pasajeros que iban a pie por el túnel. Frenaron con una sonrisa en las frentes e invitaron a todos a subir:
-Con cuidado por favor, no se vayan a lastimar -recomendaba uno de los maquinistas a los viajeros. Fue entonces cuando la oscuridad se bajó por fin de todas esas espaldas en las que había venido estando encaramada y descansando. Las luces de emergencia del vagón-cabina detuvieron instantáneamente a las tinieblas que -ofendidas-, subieron inmediatamente al techo; oyéndose un crujido pesado pesado: tánta necesidad tenían de ser sostenidas.
El hombre que inicialmente iba empujando se turnó por otro y luego por otro y otro y otros más a lo largo del trayecto. Sin saberlo, dejaron de cargar sobre sus hombros a la ciudad, y el carrusel empezó a buscar su inalcanzable deseo.
--2--
-Martincito cumple hoy trece años. No olvides gritarle a Doña Carmen para que organice la fiesta.-Trece años... ¡Parece que lo veo de recién nacido!... ¿nació en el rincón de la derecha, verdad?
-En la izquierda, tonto: acuérdate que antes vivíamos junto a la puerta y el asiento doble nos quedaba enfrente.
-Es cierto, fue antes del último cambio, pero es que han pasado tantos años que ya lo estaba olvidando. ¿Qué crees que sea bueno regalarle?
-Pues a ver... déjame pensar. Ay, pues no sé, algo que le sirva... pero está tan caro todo hoy. Tal vez... ¡sí!, ya lo tengo: le regalaremos más espacio para dormir; se pondrá feliz: va a ser la sorpresa más grande de su vida. ¡Ya lo creo que sí!
Y así continuaban, siempre viajando sin mayores contratiempos a través de la monotonía que dan los años. Vida apacible y subterránea. Cuando de pronto, en una ocasión, lo más inconcebible y horroroso, lo más increíble se hizo presente (con una sensación como de una bola dura que surge en el pecho): un instante se hizo eterno y el movimiento cesó. Con un tirón hacia adelante y un sonido apagado, la tercera generación se inquietó tanto o más como sus abuelos y sus padres -los fundadores- allá en la estación del Metro (¿Balderas?). Ellos no sabían de aquellas añejas inquietudes, pero no por éso avanzó el vagón; es más: ya no avanzó nada. Ahora, con extraña rareza sólo se escucha el silencio, que se mueve con una lentitud desesperante, a gruesos goterones, como un líquido espeso, viscoso -casi anaranjado-; anaranjado y todo pero de ningún modo comparable al movimiento del Metro.Por fortuna, la mayoría de los viejos habían muerto ya y descansaban bien cómodos en sus tumbas de estómago de rata como a 800 kilómetros atrás. No hubo licenciados amenazadores, ni viajeros amenazados. Por esto mismo nadie esperó que los salvaran los socorristas (concepto que por cierto, había sido barrido de su vocabulario), y tampoco nadie gritó ni pataleó las puertas de metal bruñido ni se indignó del pésimo servicio, y mucho menos se atrevió a pegar pancartas en las ventanas: los rostros simplemente se cromaron con el sigiloso alumbrar de las lámparas, y nadie volvió a dormir esa noche.
Definitivamente se había roto la rutina de una manera horrible. Uno no entiende las bondades que tiene la diaria rutina hasta que ésta se acaba: es casi como olvidarse que a todo momento se está respirando, y de pronto dejar de respirar.
En todo el vagón se oían rumores de que debía descenderse, investigar, saber qué había pasado, y ver qué medidas habrían de tomarse para el futuro. Sin embargo nada de ésto era fácil: los debates eran largos y se discutía larga y acaloradamente durante sesiones interminablemente largas. La oposición conservadora del costado derecho del vagón seguía terca posponiendo indefinidamente una posible bajada argumentando que era inútil, que no se contaba ni con los medios ni con los recursos necesarios para organizar tamaña empresa y que -en fin- no valía la pena arriesgar tanto por tan poco. Por su lado, los radicales del costado izquierdo seguían presionando al gobierno del centro con el objeto de bajar del vagón e iniciar un avance hacia el (negro) futuro. Y el gobierno -como ocurre siempre con todos los gobiernos de economía subterránea- sin decidirse ni por una ni por otra propuesta. Dejando simplemente escurrir el tiempo a gruesos goterones. Entre tanto siguieron pasando los días, corriendo los meses, volando los años y el tren... inmutable, por supuesto.
Cuarenta y dos años y tres meses después de haberse detenido, el lunes de navidad por la noche se votó –casi- unánimemente por la decisión de bajar. El referéndum se hizo público. El resultado se transformó en decreto. Pero entonces el problema fue gravísimo desde el punto de vista del movimiento, ya no del vagón, sino de sus mismos habitantes: hubo que desplazarse, moverse y caminar... “¡CAMINAR!” palabra desconocida hasta entonces, desconocida y que había caído en desuso desde que las ruedas caminaban por ellos: no en balde alguien (alguna vez) había comprado un boleto para ello. Lo ideal hasta ahora había sido el viajar sentado -según la posición económica y social- en los asientos o en el piso de vinilo.
Era justamente en este sitio y no en otro donde empezaba el verdadero problema. Luego de enconadas discusiones y de injurias voladoras entre los grupos más radicales que habitaban el costado norte y el sur del vagón, alguno intentó arrastrarse, pero hubo tan poco espacio... Otro más quiso avanzar con los brazos a manera de piernas: la idea fue -por inmoral- rechazada casi de inmediato.
Después de imaginar y probar métodos tan descabellados como sus propios dueños, y cuando ya empezaba a cuajar seriamente la idea de la levitación en varios sectores de la población, se inició un período de ruidosos fracasos hasta que alguien -por casualidad quizás o por locura tal vez- se fijó en sus piernas: ¿servirían para algo?... ¿acaso serían útiles? porque hasta entonces no eran más que un feo estorbo, hasta un tanto vergonzoso, sobre todo para las mujeres de la alta sociedad, considerando la moral prevaleciente y las estrictas costumbres de la época.
"Voy a caminar con ellas" -Pensaba el hombre, y muchos nada más se reían de sus intenciones y se remolineaban en su lugar tremendamente divertidos. Completamente incrédulos. Pero al final, contra toda su experiencia y contra todos sus razonamientos, le vieron incorporarse en medio de la multitud; con un esfuerzo sobrehumano se puso de pie ¡SÍ!, y lo mejor de todo -sacrilegio-: dio ¡un paso!. Parecía como un inválido generacional que de pronto halla la movilidad perdida.
-"Esto es un pequeño paso para un hombre..". - dijo el héroe con la modestia en su caminar. -“...Pero es un paso gigantesco para la humanidad..." –coreó a su vez la multitud con orgullo sempiterno.
Inmediatamente otros ciudadanos intentaron la proeza, pero realmente se necesitaba una gran habilidad y una férrea voluntad para mantener el equilibrio: muchos pioneros caían al suelo con un golpe seco y macizo que debía oírse hasta en las córneas. Hubo actos de verdadero heroísmo y valentía, con riesgo aún de la propia vida o de la ajena. Sin embargo aprendieron relativamente rápido, y al cabo de algunos años de intensos entrenamientos colectivos, la marcha ya era aceptable y volvió a cuajar más seriamente la vieja idea de descender.
Nuevamente la decisión se puso a prueba y a votación. Pero ahora era otro gobierno: nuevos tiempos. Con un parlamento formado en su mayoría por vigorosos jóvenes andarines, se analizaron pros y contras, riesgos y seguridades, hechos y derechos (en particular, gente que debía ser desalojada e indemnizada de sus viviendas para poder brincar por las puertas), y luego de corroborarse por los más altos magistrados de la nación (es decir, aquellos que rebasaban un metro cuarenta) que la decisión no era nada anticonstitucional, ni nada ilegal, ni nada inmoral, se acordó bajar en la primavera próxima y determinar exactamente la causa por la cual ya no caminaba el vagón; corregir el problema de ser posible y si no, entonces continuar avanzando -aunque fuera a pie- avanzando más y más “con tal de estar ya en...” ¿en dónde?... Bueno, no importaba realmente en dónde: siendo el avance sinónimo de progreso, la tradición era realmente el objetivo mismo de la sociedad. Su esencia, el avance. Tradición absurda tal vez, pero que se traía heredada desde las antiguas líneas del Metro, desde la maldición del vagón nueve; y que, al fin y al cabo debía continuarse por todos los medios: quizá serían profundos temores heredados; quizá sería el “tabú” del pueblo. Existen misterios colectivos que nunca nadie ha podido descifrar ni desenterrar de lo más profundo de las mentes de los individuos. Es tan escéptica la gente que anda bajo tierra: ¿para qué diablos salir de estas paredes?... ¿es que existe algo afuera, el mundo no es sólo un túnel infinitamente largo, o “el afuera” es sólo una simple leyenda de viejos?...
Bajaron por primera vez a las vías.
Jamás las habían tocado ni tampoco jamás habían visto su vagón por fuera... e inmediatamente los deslumbró con toquecitos anaranjados.
La curiosidad fue tan grande que muchos -inocentes bisoños- se lanzaron al piso para tomar entre sus manos los novedosos y ásperos guijarros. Por supuesto, en su imprudencia se hundieron hasta la cintura, habiendo necesidad de sacarlos rápidamente para evitar que se siguieran enterrando, como aconteció con la muchacha de la puerta número 5, que se fue yendo poco a poco... lentamente -casi sin notarlo, casi sin pensarlo- se hundió entre la hoquedad de las piedras. Las piedras en los túneles suelen ser terriblemente traicioneras: lo último que se alcanzó a ver de ella fue su bolso de mano que se agitaba en pausadas y tristes señales de adiós: “adiós... adiós...”, tenues señales que se alejaron en su despedida.
Después de desearle buen viaje, alguien se adelantó al punto frontal del vagón y descubrió -al mismo tiempo que sentía una fuerte opresión en el corazón- que la separación entre los rieles había disminuido de manera notable. Era casi como si los rieles se hubieran encogido, juntándose entre sí de una manera bio-magnética. Las barras de metal habíanse apretujado y ahora apresaban firmemente a las ruedas, y no se encontró modo alguno de corregir tan sensible defecto. Fue algo que ya se había venido intuyendo desde hacía mucho tiempo atrás en la Línea Rosa: la máquina ya no podría avanzar jamás.
La decisión fue dictada por la autoridad:
Tendrían que abandonar el amado vagón: el lugar donde habían nacido, crecido y otros tanto muerto. La tierra donde habían trabajado, soñado y amado. Vamos, en pocos palabras todo aquello que las gentes decentes entienden como “La Patria”. Sus raíces estaban echadas ahí y todo era un arrancarlas de cuajo, todo era un desmoronamiento nacional, una pérdida de identidad; de deseos, de ilusiones. Como si de nada hubieran servido todos los años de desesperación y de espera que se habían padecido hasta entonces. Como si en nada importara el que alguien –un héroe desconocido, perdido en las nebulosas de un tiempo vertical- hubiérase esforzado por empujar y empujar. Por hacer avanzar la sociedad dentro de ese túnel histórico, para que las generaciones futuras viajaran y vivieran con más comodidad en un eterno carrusel anaranjado.
-¡Qué cosas, qué cosas se ven hoy en día! No hay derecho... No, no lo hay- decía una señora mientras lloriqueaba y se aferraba inútilmente a una de las puertas de metal. Después de todo, una historia -la historia de un gran pueblo sumido en el subterráneo pero no en el subdesarrollo- no debería desbaratarse tan rápido: habían pasado tantos recuerdos y tantos sufrimientos y tantos escepticismos hasta llegar a ellos que se siente como una especie de cobardía disfrazada de tristeza abandonar todo eso, dejarlo sin más entre el polvo del olvido y entre la grava de los durmientes.
Pero tuvo que hacerse, aunque la espiral de la memoria les reprochara para todos los días de su muerte. Dejaron atrás la encerrada patria en el interior del luminoso vagón. Comenzaron a sumergirse en la oscuridad y emprendieron el viaje; emprendieron un viaje que comenzaría por un final.
-- 3 --
Caminaron como nunca en vida: como siempre en su muerte. Caminaron por días y por rieles, luego por semanas y por durmientes, al cabo por meses y años y carbón.El final ya era insoportable: iban cansados, babeando y arrastrándose; harapientos y también hambrientos: sudores agrios. Antiguos sudores que venían desde cuando se echó un cuadrito blanco de cartón numerado a una máquina tragaboletos, a un torniquete de paso en una estación cualquiera, en una estación que no era tiempo sino espacio: y cerráronse las puertas de la salida, y abriéronse los hocicos de las ratas, los asquerosos hocicos de las ratas para -a muchos- hacerlos descansar para siempre.
Ahora, éstos van por ahí, entre torbellinos de polvo de carbón, de negro carbón que se atasca en la garganta y que recuerda vagamente a detenidos principios. El antiguo cuarteto de rieles ha limitádose a dos: delgados y flacos como cigarrillos consumidos entre indicaciones de:
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NO FUMARLa barra-guía que llevaba la electricidad ha desaparecido, la pétrea consistencia de la pared ha tornádose blanda, con la negra dureza del coque. Carbonosos finales.
Ahora, los hombres van tantaleando, avanzando penosamente, tratando de encontrar en este laberinto -entre marañas de túneles, de caminos, de pasadizos sin salida- su perdido vagón, su perdido túnel, tratando de recuperar su pasado, todo aquello que no existe más. Búsquedas que por inútiles, hacen alusión a pasadas generaciones, antiguas generaciones perdidas entre el polvo del olvido y entre el polvo -denso polvo- del carbón.
Al final, un recodo entre la pared y el piso. Los que iban hasta adelante dieron un grito de terror o alegría retrocediendo golpeados por algo completamente nuevo: la luz del día hirió suavemente sus pupilas.
Un letrero en el exterior levantó el asombro en la piel.
A pesar de que ser un letrero más bien pequeño, de madera vieja y roída por el viento, y de que no tenía nada de espectacular, era al menos diferente al único letrero que conocían en su vida y que se quedó allá abajo, allá atrás; estampado en una pared de plástico azul que no volverían a ver. Sin embargo, aquel letrero todavía les repiqueteaba vagamente desde el estío de la memoria:
EN CASO DE PELIGRO JALAR LA PALANCA
TODO ABUSO SERA CASTIGADO¿Castigado por qué y por quién?... Castigado por la autoridad del pueblo: al no existir la libertad de culto, ese letrero y esa palanca roja en forma de T invertida formaron el objeto de veneración para muchas personas, durante varias generaciones. T invertida, letrero absurdo: absurdo como todas las religiones del inframundo.Pero este letrero es nuevo y tiene unas letras chuecas y feas que en algún tiempo dijeron a su lector:
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Con las manchas oscuras ocasionadas por su estancia en las entrañas de la tierra, los encontraron los primeros trabajadores de la mañana. Luego de saludarlos como a viejos conocidos los encaminaron rumbo a la ciudad, que no estaba lejos, y todo el grupo marchó compacto, con la demencia entre sus filas.Y eso fue todo.
En lo alto, el clásico sol verde-azuloso de finales de la primavera de octubre parecía anunciar la locura de la llegada de una nueva estación.