México DF: Ruta 100

Juan Manuel Torres Moreno

 
 

    Yo siempre les dije que ese cambio iba a resultar inútil, pero no hubo ni uno sólo que me escuchara, ni que pensara como yo.

    Es cierto que el transporte de la ciudad se municipalizó, que se mejoraron los autobuses y el servicio, y aún de que se crearon nuevas líneas de las llamadas “Rutas directas”. Pero también es cierto que todo eso no nos benefició, a pesar de que nuestra colonia fue de las participantes más entusiastas -sino la principal de todas- de que se pasara a manos del Departamento del Distrito Federal el sistema de transporte.

    Debió habernos visto: ahí estuvimos durante meses haciendo mítines y asambleas y juntas de vecinos, enfrente del Zócalo y en la Delegación, y papeleos y organizando los famosos referéndums del 85, y que aquí y que allá y machaca y machaca para que nos hicieran caso; argumentando que los pisotones en los camiones estaban duros, que los choferes nunca se bañaban, que el mal servicio tenía a todo mundo de malas y así cosas por el estilo. Total que para no hacérsela larga, de esta manera nos pasamos como dos años dando de vueltas de un lado para otro en las oficinas para que nos atendieran. Ya hasta pensábamos que se habían olvidado de nosotros cuando por fin, un día, aparecieron en los diarios la orden del Gobierno de terminar con el famoso “Pulpo camionero”, y por el otro lado, las nuevas rutas de autobuses. Y todos los vecinos compramos los periódicos para ver cómo nos habían arreglado la petición.

    Apresuradamente buscamos entre el embrollo de líneas que había en el mapa, pero de repente no hallamos nuestra ruta. Y por más que mirábamos estirando los ojos y volteando el mapa de cabeza, nuestra ruta no aparecía. Todos se empezaron a disgustar y sin más comenzaron a dar de gritos, sangoloteando el periódico para todos lados mientras decían que era una traición vil y vulgar por parte de las autoridades:

¿Cómo era posible que siendo de los participantes más alborotados no le hubieran puesto una nueva ruta a nuestra colonia?... ¿Cómo podía ser eso posible a pesar de que habíamos enviado un chorro de peticiones, de sugerencias y de apoyos al DDF para ver si nos cambiaban el servicio de camiones?

    Mire usted: mandamos opiniones para que a cada una de las 100 colonias le asignaran un número de ruta. Trayectos simples y eficientes. Elaboramos horarios, definimos paradas, calculamos tiempos... en fin, le facilitamos la vida al Gobierno. Hasta les enviamos un plano que hizo el muchacho este, Gonzalo, que sabe dibujar bien. Pero nosotros, por pasarnos de modestos y buenas gentes (y de tarugos diría yo) nos pusimos el último número, el de la Ruta 100. Y cuál fue nuestra sorpresa al ver que las autoridades habían quedado de plácemes con las ideas, con el plan y –lo peor de todo- hasta con el mismo nombre, aprobando nuestras sugerencias y usando el nombre Ruta 100 (sin que existiera ésta particularmente) para denominar en lo sucesivo a la nueva empresa estatal que manejaría todo el servicio de autobuses del Distrito, “...agradeciendo de antemano, al grupo de vecinos que dio tan atinada sugerencia.”

    Al día siguiente fuimos a donde acostumbrábamos tomar el camión para ir a diversos lados: a trabajar, a las escuelas, a divertirse o sencillamente íbamos a tomar el camión como todos los días, sin ningún propósito definido; aún sin aceptar que no nos habían tomado en cuenta en la planeación de las nuevas rutas, resignados a seguir con la que habíamos tenido hasta entonces, tan obsoleta por la cantidad de vueltas que daba.

    Eran las siete de una mañana de diciembre y había un bolón de gente esperando con impaciencia, cuando de repente vemos que viene un autobús de los nuevos que acababan de meter, por la Calzada... y todos nos pusimos recontentos de verlo... ¡A lo mejor sí que nos habían hecho justicia! ¡A lo mejor las cosas se habían arreglado por fin!... Lo veníamos siguiendo con la mirada para ver cómo se iba acercando... si hasta parecía que había surgido del merito sol que a esa hora venía saliendo anaranjado por arriba de la Basílica. Era un autobús de esos que se parecen a los “Delfines”, usted se ha de acordar, pero nuevo: amarillo con café, con “El ángel” pintado y brillante por todos lados.
Lo seguimos mirando unos instantes más y cuando estaba a punto de llegar a donde lo esperábamos... nada: que da la vuelta una cuadra antes y que se mete por la Ramos Millán, rumbo al sur: tal era la nueva ruta.

    Nosotros sentimos como si nos hubieran dado un guamazo en el cerebro, entonces nos dimos cuenta de que no sólo no nos habían puesto una nueva ruta: ¡sino que además nos habían quitado la antigua! Recuerdo bien que todos se quedaron con unas caras de asombro y tristeza que hasta ahora no se les han quitado, y que es lo que caracteriza a la gente de nuestro barrio.

    Nos volvimos lentamente a nuestras casas, llevando colgados de las manos ya los útiles de la escuela, ya un portafolios o un morral o una corbata que muchos se empezaban a desatar lentamente. Fue un golpe terrible ya lo creo, a pesar de que bien sabíamos que las rutas las iban a cambiar, y que la destinada a nosotros pues nomás no existía, y que la habían tomado sólo como razón social de la nueva empresa.

    La gente de nuestro rumbo quedó de tal modo desmoralizada que ya no intentó siquiera una nueva junta de vecinos para reclamar ante el Hank González. Todos se volvieron apáticos y egoístas. Adiós pensamientos de unidad y lucha y adiós también reuniones y asambleas para mejorar el transporte urbano.
 
 

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    Los días que siguieron, lo que empezamos a hacer como si todos nos hubiéramos puesto de acuerdo, era ir por las mañanas a esperar el camión nuevo y reluciente de las siete. Y lo veíamos acercarse, y nos surgía un destello en los ojos, y tronábamos los dedos para que llegara, y venía cada vez más cerca y empezábamos a cambiar hacia él... y cuando llegaba a una distancia en la que estábamos a punto de correr para alcanzarlo... pues nada otra vez: daba la vuelta y todos veíamos cómo se doblaban las letras negras -Ruta 100 DDF- en la glorieta.

    Espero no haberlo aburrido con nuestra triste historia, pero ya ve usted: siempre -en todo- la esperanza muere al último. Y no es que me guste andar diciendo estas cosas sólo para que me las crean: no, fíjese bien: ya son cuarto para las siete, el camión no debe de tardar en pasar, esperemos un poco más, con un “tantitito“ más de suerte, y tal vez ahora... llegue hasta aquí.