Juan Manuel Torres Moreno
Chicoutimi: mucho frío
Mon pays ce n'est pas un pays, c'est l'hiver
Mon jardin ce n'est pas un jardin, c'est la plaine
Mon chemin ce n'est pas un chemin, c'est la neige.
Canción de G. Vigneault
Cuando hace frío en Québec, este frío deja de ser psicológico y se convierte en un frío verdadero. Abandona la imaginación más despiadada y se instala sobre el país. El paisaje se transforma entonces en un desierto blanco durante el invierno. No hay donde detener la mirada sobre esa arena fina que es la nieve de Québec. Todo se pierde entre sombras y tonos blancos y grises. Las sombras impregnan la nieve como la sal en el desierto. El viento puede además soplar de una manera inusitada: intensa y sostenida durante días y días enteros. El viento del norte corroe como una lija, se infiltra a través del mundo, traspasa las ropas y las carnes y muerde los huesos. Estruja los corazones.
20 grados bajo cero. Hace frío.
En Québec la sola palabra “frío” es fría en sí misma. Con un acento punzante en el medio. Cortante. El viento del norte no perdona la piel descubierta, mordiendo justo ahí: donde sabe que puede causar daño. Las córneas sufren mucho esos ataques. Sumado al viento y la nieve, el frío redobla sus fuerzas con el simple y puro objeto de destruir la vida en el desierto blanco. Congelar la piel. Esa pareciera ser su idea fija, en su mente estrecha. El hielo parece hecho de finos cristales acerados, y andar ahí es como caminar sobre vidrio molido. Por eso cuando hace frío en Québec, la vida se retrae en las calles hasta en el corazón mismo de Montréal, y las gentes se refugian en el métro y en la ciudad subtérranea, en ese mundo-abajo-del-mundo. Los charcos crujen como vidrio cuando se les pisa. Mientras tanto afuera, en los caminos la nieve fina se acumula como la sal en el desierto, mecida por el viento en un eterno vaivén senoidal. Y la serpiente de asfalto al igual que los hombres, no encuentran más su lugar en este mundo helado.
Pero en Montréal el frío no es aún tan intenso como en los pueblos del norte arriba del río Saint-Laurent. En estos lugares la temperatura desciende mucho y la capa del hielo en los lagos llega a ser de varios centímetros, paralizando incluso al infatigable río que en ese punto se confunde con el mar.
40 grados bajo cero: el mar fuma.
El mar mismo cede terreno al hielo y al frío, y el agua salada duerme largo tiempo en un ataúd de hielo, atrapando barcos, hombres que resbalan y todo cuanto puede hasta el verano siguiente. Así sucede en este país donde el invierno dura seis meses. La primavera, el otoño existen sólo como imágenes verbales en el vocabulario de los hombres del norte. El Québec se transforma entonces en un paisaje de belleza aterradora. El frío que uno puede leer o imaginar en un relato no es nada comparado al frío que uno puede vivir en estos lugares. Ni el sol se atreve a permanecer mucho tiempo en el horizonte, y prefiere irse pronto hacia países menos fríos. La realidad en Québec es aún más cruel que la imaginación más perversa.
Uno siente que el frío es un enemigo que invade por todos lados, que se apropia de la ciudad sin que nadie se atreva a detenerlo. Lo ve uno merodear varios días en el otoño, sin decidirse todavía a invadirlo todo, a pasearse por todas las calles con paso marcial y triunfante, y con un aire burlón, a encontrarlo en todas las esquinas, a la salida de todas las puertas; empeñado en mutilar arboles, en congelar los corazones y en enfriar los ánimos de los hombres. Pero siempre acaba por suceder muy pronto: el frío se apropia rapidamente del Québec, y la vida se doblega ante ese poder enorme, sumisa y débil. Apagada. Si un viajero descuidado es sorprendido a 50 grados bajo cero en la calle, las distancias que debe recorrer se alargan en una proporción casi matemática, se hacen infinitas. Las piernas se niegan entonces a recorrer el infinito. El viento con hielo al que llaman blizzard, le raspa de manera despiadada, siempre intentando tirarlo, siempre golpeándolo en el rostro. El frío penetra sin piedad hasta los pulmones. La atmósfera helada es tan densa como el agua. El aliento se le hiela antes de salir. Los dedos de pies y manos le duelen como punzadas ajenas. La nieve cumple su misión y le impide avanzar: lo fatiga, lo clava al suelo y le agota el deseo de seguir. Si el viajero es un extranjero, sólo espera no morir antes de llegar al próximo refugio: la pequeña casa blanca de la esquina o la entrada del edificio aquel. Si puede hacerlo, si llega a franquear esos metros que constituyen la frontera entre la vida y la muerte en Canada, entonces, ahí dentro el calor -amigo ancestral del hombre- vuelve como siempre a reanimarlo, y a salvar la frágil vida del caminante justo en el momento mismo en que éste siente perderla. Y el pobre viajero se pregunta -sin tener nunca la respuesta verdadera- si la muerte sólo estaba en la imaginación de un texto, o si lo sigue esperarando allá afuera al cruzar la puerta de la realidad.
Así pasa siempre, cuando hace frío en Québec.