Viajes en el Metro
Juan Manuel Torres Moreno

    (c) 2001 Juan Manuel Torres Moreno
 

El otro día tenía yo que arreglar ciertos asuntos en el norte de la ciudad. Ir al norte claro, siempre lo deja uno sin ánimos. Sólo de pensar en moverse al medio día, justo a la hora del calor pegajoso y del tráfico intensos. Ni ganas de tomar el coche y manejar entre esas calles de asfalto esponjoso y caliente. Afortunadamente, en México DF para esos menesteres, cuenta uno con «El Metro»: esos trenes veloces, anaranjados e increíblemente eficaces. Basta con depositar un boleto en el torniquete de la entrada... e inmediatamente se tiene acceso a un mundo diferente y subterráneo, donde el tiempo se mueve al ritmo desquiciante de convoyes luminosos. Mil túneles convergen y se entrecruzan para llevarlo a uno –ínfimo viajero del mediodía– hasta las entrañas más profundas de esta ciudad-(monstruo)-de cemento.
Ese día tomé pues, el Metro en la estación de siempre, «COYOACÁN». Yo debía descender en la estación «HIDALGO», sobre la misma línea verde, unas quince estaciones más adelante. Afortunadamente a esa hora, yendo de sur a norte, puede uno alcanzar un lugar sentado, lo que vale de mucho dadas las largas distancias de esta línea. No es nada agradable pasar de pie una hora, mirando simplemente las caras de otros viajeros. Tomé pues, cómodamente un asiento verde, y me dediqué a ver por la ventana, a matar el tiempo. Un rato más tarde, el sopor del tren subterráneo, las conversaciones insustanciales y la monotonía del viaje, acabaron por dormirme. Lo última imagen que recuerdo es la de un viejito de sombrero de fieltro gris y chaleco obscuro, que dormitaba enfrente de mí, agarrado a su bastón de roble. Lo curioso del sueño es que estaba yo soñando en francés. Bueno, no es raro. A veces sueño así. Estuve viviendo varios años en Francia y en Québec, y por lo mismo no me sorprendió. No era sin embargo, un francés de Francia. De eso estaba seguro, porque en dos ocasiones oí claramente un: –“Tabarnacle !” y más de una vez furiosos: –“Chriss d’ostie!...”. Eran quebecois, por tanto. El sueño me ganaba y perdía mucho de la conversación. Murmullos me llegaban a lo lejos. No sé cómo pude abrir lo ojos, justo cuando el tren arrancaba de una estación. Apenas alcancé a ver el nombre que desaparecía, antes de meternos de nuevo en el túnel: «UNIVERSITÉ DE MONTRÉAL», marcado con letras azules. Al principio no me alarmé. Cerré los ojos.

¿ Montréal ?

Algo en el sueño no encajaba. Según yo, la estación siguiente debía ser «ZAPATA», sobre la misma línea verde. Sin embargo los murmullos en francés cesaron. Quedé un poco preocupado, así que cuando volví a cerrar los ojos, lo hice pensando fuertemente en abrirlos en cuanto llegara a la próxima estación. Así lo hice. Leí el nombre. Decía bien claro «ZAPATA», en letras verdes. Después de esto me dormí muy tranquilo. Pero seguí soñando en francés. Gente subía y bajaba en las estaciones, y hablaban muy rápido añadiendo al final el típico –“Bon beh... c´est bien, quoi!”, que es cien por ciento parisino. Entreabrí un ojo y vi el nombre de la estación donde estábamos: «DENFERT-ROCHEREAU ? Correspondance RER». El tren arrancó de nuevo, y me quedó la duda de que si lo que había leído era cierto, pero no me preocupé más del asunto. Así transcurrieron insistentemente «SEVRÈS-BABYLONE», «CHÂTELET», «BIR HAKEIM», «BIENVËNUE-MONTPARNASSE», nombres todos sin ningún sentido geográfico verdadero en mi memoria. En medio del túnel el sopor era grande. Y yo sin poder despertar del todo. Pasaron dos o tres estaciones más, donde yo perdí la noción del tiempo perdido. Y en mi sueño iba cambiando de a poco el idioma de los pasajeros. Después del francés, siguió algo en inglés. “How long is it?”. Al abrir los ojos lei claramente: «WITHECHAPEL-LONDON BRIDGE» dirección «PICADILLY-CIRCUS». Luego en italiano, escuché que una persona preguntaba por «ROMA-TERMINI» y por la “strada” más cercana. –“Quale è la prossima stazione?” inquirieron, pero afortunadamente no entendí la respuesta. Luego oí un “¡Hola!” y respiré aliviado en mi sueño... pero al escuchar –“¿En que estación vamos? ¿Ya estamos zerca?” con el ceceo madrileño, no pude menos que brincar. «TIRSO DE MOLINA» dijo alguien, pero mejor no desperté. Luego oí a alguien ladrar en alemán. Un –“Gutten tag! wie du gehießenes?” le respondió en el mismo tono. –“Welches ist die nächste Station?“ –”Natürlich“. Luego silencio. Ni quise abrir los ojos en mi sueño. De seguro leería un nombre de estación como «NOLLENDORF-PLATZ», “LICHTER-FELDE SÜD» o algo peor. Preferí seguir durmiendo. Y luego de algunos momentos, escuché claramente que unas mujeres hablaban en ruso. Esto ya me empezaba a alarmar: tanto sueño acabaría por hacer que me pasara verdaderamente de mi estación de bajada, la de «HIDALGO». Según yo, ya debía haber recorrido las quince estaciones, y tendría que estar muy próxima. Hablando en ruso... Bueno, mi sexto sentido –que por fortuna nunca duerme en los Metros– me decía que, o era la siguiente o dos más, pero que ya estaba próxima a venir. Así que, armándome de todas mis fuerzas abrí los ojos, miré el reloj: las doce menos diez. Me pellizqué un brazo. El Metro avanzaba rápido por el túnel. Con un zumbido constante y adormecedor. Había gente dormitando en todos los asientos, pero yo pude sostener los ojos medio abiertos, a pesar del soponcio que me ganaba por momentos. El viejito del bastón de roble seguía ahí, meciéndose al compás del movimiento del vagón. Finalmente llegamos. Había un montón de gente en el andén. Típico del metro «HIDALGO» a las doce del día, dado que es una gran estación de trasbordo. Me levanté y salí empujando a algunas personas que querían entrar a fuerzas antes que yo saliera, típico también en el Metro mexicano. Pero pude bajar. Las puertas se cerraron a mi espalda. El Metro se fue.

Avancé lentamente entre la multitud. Aún estaba medio adormilado, pero cada vez menos. Y a tiempo, que era lo mejor. Agarré con fuerzas mi portafolios. Ahora sólo me faltaba ver cuál salida me convenía más... volteé a todas partes buscando un letrero de indicación. Lo encontré justo encima de mi cabeza. Era muy claro, pues en perfectos caracteres cirílicos decía simplemente: «VASILEOSTROVSKAYA»
 

Québec, 18-19 de Febrero de 2001
 



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