De memorias persistentes
Juan Manuel Torres Moreno

A las dos que lo leerán,
con un poco de inquietud.

    A Patricia, el olvido le llegó un día sin acordarse de él. Primero fue la sensación desesperante de tener el nombre de una canción “en la punta de la lengua”, de poder y –simultáneamente– no poder recordarlo. La maldita melodía se escucha repetidamente en la cabeza, pero el título se escurre aceitosamente en la memoria. –“Ya vendrá” –se dijo a sí misma, un poco para convencerse.

    Recordó que una de sus amigas le había dicho un día, que nunca convenía forzar la memoria: que el recuerdo vendría solo, caminando en la cabeza como un hijo pródigo. –“No te estreses...” –le recomendaba todo el tiempo. Así que esperó pacientemente durante días y días. Pero el nombre de la canción nunca llegó. Decidió para consolarse que –en su mente–, finalmente daba lo mismo ponerle un nombre u otro; y que también el cantante, podría llamarse de una u otra manera, con tal de seguir siendo la misma canción.

“Si la rosa tuviera otro nombre, igualmente perfumaría”...





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