La condena
Juan Manuel Torres Moreno
Siempre supe que este momento tendría que llegar, más tarde o más temprano, y que poco o nada podía hacerse por evitar la condena en individuos como yo. De nada sirvieron alegaciones, peticiones de clemencia o demás apelaciones. La suerte ya estaba echada, y a pesar que se trataba de mi vida, otros habían decidido por mí. ¿Qué más se puede esperar de un sistema como éste en el que vivimos? ¿Qué importan las palabras del condenado? ¿Sus miedos, su sufrimiento en todo el proceso? Nada de eso cuenta –por supuesto– para evitar la condena, o al menos para aminorar la sentencia. Es una maquinaria que nos aplasta sobre los hombros, con sus engranajes de metal bien aceitados...
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