Ciudades-gruyere
Juan Manuel Torres Moreno


 
 

    Durante los largos inviernos en el Québec, a causa de las gélidas condiciones climáticas, uno puede darse cuenta que todas las ciudades de la Provincia sufren una metamorfosis curiosa: van transformándose  rápidamente en entidades discretas. Debido a las terribles temperaturas de 40 grados centígrados bajo cero (e incluso inferiores), de la nieve o de los helados vientos del norte, que corroen la médula de los huesos, a uno le está permitido moverse solamente al interior de cavernas convenientemente cerradas y climatizaas. Esas cavernas poseen sin embargo, nombres muy civilizados: las llamamos la casa, la oficina, la escuela, el centro comercial. Pero en el salvaje exterior es prácticamente imposible desplazarse usando las piernas. Excepto en los autos, claro. Los vehículos acaban también por constituir pequeñas burbujas “móviles” civilizadamente climatizadas. De forma ineludible se metamorfosean de ser vehículos de transporte a zonas discretas dinámicas; o si se prefiere, a simples extensiones –autónomas– de la ciudad. De esta manera permiten trasladarnos a nosotros mismos y parte de nuestro medio ambiente hacia diversos puntos climatizados, más grandes y cómodos, pero desgraciadamente estáticos. El resto de la ciudad –los espacios abiertos, las calles, los parques–, se transforman a su vez en zonas inaccesibles: traicioneras e inhumanamente heladas. Propias de un cuento de terrores glaciales en el ártico.

En cualquier otra parte del mundo, donde las temperaturas son más clementes, las ciudades constituyen todo el año un volumen “continuo”, donde las gentes pueden moverse a voluntad por doquier, sin mayor dificultad. Es posible detenerse en cualquier punto de nuestro recorrido y admirar las vitrinas de las tiendas, o sentarse un momento a la sombra de un árbol en los parques a leer el diario, puede uno conversar tomando un café o simplemente ver pasar las gentes que lo miran a uno. En Québec en los meses de frío, ninguna de estas actividades es posible. Como en la formación de un queso, la láctea “discretización” de la ciudad comienza a fines de octubre... ya el “continuo” comienza a hacerce más denso y cada día más difícil de soportar. En Noviembre la densidad de la temperatura atmósferica a alcanzado casi el punto crítico de pasteurización, y las burbujas climatizadas se hacen cada vez más y más presentes en la vida cotidiana. En pleno invierno, la sal que esparcen sobre el pavimento para fundir la nieve, contribuye a acelerar el proceso de transformación: la discretización absoluta de las ciudades nos obliga entonces a vivir encerrados en un derivado lácteo –de Diciembre a Abril–, como los arácnidos microscópicos del queso, moviéndonos solamente al interior de los agujeros climatizados de un gruyère psicológico de tamaño citadino.



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