CUENTOS CITADINOS
 

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¿Quién es Juan Manuel Torres Moreno?...

La feria

Juan Manuel Torres Moreno
 
 

A mis sobrinos.

–¡Ahí está “La Rueda”... “La Rueda”, “La Rueda”!...
–¡Espérate!... ¡No corran! Tres por favor: gracias. No te subas todavía. ¡Espérense los dos!... Gracias, ¿cuánto le debo?...
–Son siete pesos.
–Aquí tiene. ¿Ya va empezar?...
–Sí. Nomás que se llene un poco. Ya pueden subirse.
–Ahora sí.... ¿Qué les parece? les gusta “La Rueda de la Fortuna”?
–¡Sí tío!... ¡está muy bonita!... Es muy grande... ¿Y después vamos a subir al “Látigo”? 
–Claro, Pero primero “la Rueda” porque es más tranquila la cosa. Hay que acostumbrarse poco a poco. Luego los llevaré a los Caballitos y al final al “Látigo”. A ver tú: no te estés levantando a cada rato. Y tú: acábate ya ese algodón porque...
–¡Vaaaaaaaamonos!...
–¿Ya va a empezar a  girar...?
–¡Agárrense bien!
–Mira tío: las gentes...! 
–¡Mira como se ve de chiquito todo allá abajo! ¡Se ven como hormigas!
–Sí, sí: ¡es que estamos muy alto...!

 Pero aquí arriba se oye un crujido opaco, como gemido de perro que nadie escuchó. Dos vueltas sin ningún incidente... mas de pronto –¡Crack!–: los pernos tronaron y el conjunto de fierros retorcidos salió disparado hacia el firmamento.

–¡Diablos! ¿Qué es ésto?...

 Fue cosa de dos segundos, no más: y en ese momento la Rueda de la Fortuna atravezaba velozmente la plazoleta del pueblo y giraba por enfrente del Palacio Municipal, entre los arbolitos del quiosco y los faroles del parque.

 –¡Mira Petra, ven a ver esto! ¡Es la Rueda de la Feria!... Ven a ver. Apúrate que ya se va!...

 “La Rueda” giró sobre sus goznes y cayó cuesta abajo por una lomita de pasto. Parecía un tren circular con sus luciérngas encendi-das en las ventanas. La gente que caminaba por casualidad, veía con gran asombro el veloz cruce de luz-gente-fierros-retorcidos: Rueda de la Fortuna. Pero a veces tenían que orillarse rápidamente para evitar ser atropellados por ese demonio de metal que tiraba dentelladas a diestra y siniestra.

 A la salida del pueblo se detuvo.

–¡Tío, tío! ¿Ahora si vamos a subir al “Látigo”?...
–Desde luego. –Respondió este acomodándose un zapato, y sacudiéndose el traje todo empolvado. –Ahora vamos a subir al “Látigo”.
 

 Villa de las Flores, 1981





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