A mis sobrinos.
–¡Ahí está “La Rueda”...
“La Rueda”, “La Rueda”!...
–¡Espérate!... ¡No corran!
Tres por favor: gracias. No te subas todavía. ¡Espérense
los dos!... Gracias, ¿cuánto le debo?...
–Son siete pesos.
–Aquí tiene. ¿Ya va empezar?...
–Sí. Nomás que se llene un
poco. Ya pueden subirse.
–Ahora sí.... ¿Qué les
parece? les gusta “La Rueda de la Fortuna”?
–¡Sí tío!... ¡está
muy bonita!... Es muy grande... ¿Y después vamos a subir
al “Látigo”?
–Claro, Pero primero “la Rueda” porque es
más tranquila la cosa. Hay que acostumbrarse poco a poco. Luego
los llevaré a los Caballitos y al final al “Látigo”. A ver
tú: no te estés levantando a cada rato. Y tú: acábate
ya ese algodón porque...
–¡Vaaaaaaaamonos!...
–¿Ya va a empezar a girar...?
–¡Agárrense bien!
–Mira tío: las gentes...!
–¡Mira como se ve de chiquito todo
allá abajo! ¡Se ven como hormigas!
–Sí, sí: ¡es que estamos
muy alto...!
Pero aquí arriba se oye un crujido
opaco, como gemido de perro que nadie escuchó. Dos vueltas sin ningún
incidente... mas de pronto –¡Crack!–: los pernos tronaron y el conjunto
de fierros retorcidos salió disparado hacia el firmamento.
–¡Diablos! ¿Qué es ésto?...
Fue cosa de dos segundos, no más:
y en ese momento la Rueda de la Fortuna atravezaba velozmente la plazoleta
del pueblo y giraba por enfrente del Palacio Municipal, entre los arbolitos
del quiosco y los faroles del parque.
–¡Mira Petra, ven a ver esto!
¡Es la Rueda de la Feria!... Ven a ver. Apúrate que ya se
va!...
“La Rueda” giró sobre sus goznes
y cayó cuesta abajo por una lomita de pasto. Parecía un tren
circular con sus luciérngas encendi-das en las ventanas. La gente
que caminaba por casualidad, veía con gran asombro el veloz cruce
de luz-gente-fierros-retorcidos: Rueda de la Fortuna. Pero a veces tenían
que orillarse rápidamente para evitar ser atropellados por ese demonio
de metal que tiraba dentelladas a diestra y siniestra.
A la salida del pueblo se detuvo.
–¡Tío, tío! ¿Ahora
si vamos a subir al “Látigo”?...
–Desde luego. –Respondió este acomodándose
un zapato, y sacudiéndose el traje todo empolvado. –Ahora vamos
a subir al “Látigo”.
Villa de las Flores, 1981