EQUIVOCACIÓN EN OCTUBRE

Juan Manuel Torres Moreno


 
    Quedamos en encontrarnos A. y yo a las seis enfrente del edificio del Vips. Yo sabía que podría retrasarse, porque desde que la conozco jamás ha sido famosa por su puntualidad, sin embargo nada le he dicho al respecto.

    Salí a tiempo de casa previniendo retrasos de los autobuses y tiempo para bien afeitarme: es una costumbre que nunca olvido en mis citas, pues detesto la barba y el bigote. Tomo mi suéter café y salgo de la casa encaminándome al sitio.

    Luego de un gran rato ya estaba cansado de esperar, cuando la veo -aún distante- que se acerca entre la gente. Trae su vestido rojo que le sienta bien. Miro el reloj: son ya casi las seis treinta y ocho.

 (-¡Que impuntual!- todavía alcanzo a pensar.)

    Le falta atravesar Montevideo, y en lo que llega empiezo a leer en un puesto de periódicos. Pero apenas me dispongo a hacerlo cuando me toman por el brazo, donde traigo doblado mi suéter nuevo, el café:

 -¡Hola! -me dice dándome un beso y empieza a disculparse de su retraso. Dice algo acerca de los camiones o del Metro. No sé. No la puedo escuchar con mucha atención, porque la veo de pronto y no la reconozco. Tiene algo diferente pero no me da tiempo para darme cuenta de qué es.

 -¿Tienes mucho tiempo esperándome? -sigue diciendo distraídamente. Le respondo un tanto enfadado y empezamos a caminar. En eso llega corriendo un tipo de chamarra azul con bigote, un desconocido que la toma del brazo y que a gritos le pregunta refiriéndose a mí:

 -¿Y quién demonios es éste...? -pero casi inmediatamente lo veo llenarse de vergüenza y decirnos:

 -Perdón señorita... joven... es que la confundí con otra persona: discúlpenme... lo siento mucho...

    El hombre de bigote y chamarra azul se va y riéndonos un poco no le damos mayor importancia al asunto, aunque a mi me hace reafirmar mi posición de odio hacia el bigote y la barba. El lugar donde planeábamos ir ya está cerrado, así que decidimos dar sólo un paseo a pie.

    De pronto ella se suelta de mi brazo y entra rápidamente en la farmacia que está en la esquina con Insurgentes diciendo “Espérame tantito…”. Me quedo extrañado pero la sigo. Es una farmacia bastante grande, como las que nunca me han gustado. Entro al lugar y lo hallo lleno de gente por todos lados. Apenas si puede uno moverse: unos compran, otros piden, otros reclaman; gritos de las señoras que necesitan un "jarabe para la tos", "inyecciones", "un remedio para reumas", "curitas", "alcohol" o "etc." Recorro el sitio dos y tres veces y no la encuentro. No sé que me da por voltear al mostrador y entonces la veo detrás de este con una bata blanca como las que lleva en el laboratorio de la escuela y el pelo un poco más largo, despachando unas medicinas a un (gordo) señor de corbata. Recibe el dinero, entrega el cambio y entonces me acerco.

 -¿Qué haces ahí?

 -¡Cómo que qué hago! -me responde más sorprendida que yo y se aleja hacia una puerta angosta que está medio oculta por unos anaqueles, a traer unas aspirinas y un remedio que acaban de pedirle.

    No me explico cómo pudo haberle crecido el pelo ni cómo pudo entrar a trabajar ahí. Sé que no es fácil hacerlo, dada la situación del país en este momento. Realmente nunca la entiendo mucho, pero tampoco se lo he mencionado. No me gusta estar en medio de tanta gente y salgo hacia la calle. Me quedo recargado en la pared mirando los autobuses que van hacia La Villa. Ya empieza a oscurecer y bajo la vista a la banqueta, con la mente en blanco.

 -¿Ya nos vamos? -me pregunta ahora sin la bata, con su vestido verde y el pelo recogido hacia atrás.

 -¿Compraste lo que te encargué?

    No recuerdo que me haya pedido nada y se lo hago saber.

 -¡Ay, por favor!: todo se te olvida. No sé qué tienes hoy... ni porque me apuré mucho para poder salir contigo me haces caso... -dice y entonces se encamina a comprar una revista de modas (Elle, en francés) y unos chicles (Adam's) de menta. Le digo que quizá sea mejor irnos en camión; y con un tono vacilante agrego que "es más rápido".

    Esperamos en la esquina y llega el autobús. Uno de la Ruta 100. La tomo de la mano y sube primero. El camión viene igual de lleno que la farmacia y en el último instante dudo en si deberé o no subirme. A final de cuentas lo hago.

Le pago al chofer y tengo que esperarme unos instantes para poder tomar valor de caminar hacia atrás. A. se ha ido al fondo del camión. Trato de avanzar yo también, pero definitivamente es imposible: no sé de dónde salen y salen personas que quieren bajar por adelante y que me regresan una y otra vez... y este chofer que no les dice nada. Luego de varios intentos logro al fin colocarme de lado y poder avanzar muy lentamente entre los pasajeros. Siento algunas pisadas y empujones, además de un vapor sofocante luego de que ha llovido por la tarde, pero ya voy llegando a la mitad. Los cristales están completamente empañados. Empiezo a buscarla entre frenadas y acelerones. Por último, luego de un rato llego hasta la puerta de bajada de atrás: de A. ni apenas su sombra.

(-¡Qué mujer! -me parece que pienso)

    Vamos atravesando por el Metro La Raza. Ya recorrí dos veces este endemoniado camión y no está. Algunos pasajeros ya empiezan a protestar cuando paso y los empujo de nuevo, pero es seguro que ya se bajó.

Decido hacerlo yo también y toco el timbre. Me alegro de haber traído mi saco gris en lugar del suéter porque parece hará frío a la bajada. Me dirijo a la estación con las manos en los bolsillos. Supongo que quizá ya llegó a su casa y se me ocurre llamarla. Hablo desde un teléfono público:

(Silencio)   Llamada   (Silencio)   Llamada…

 -¿Bueno? -contesta al fin una voz.

 -Sí... buenas tardes. -le digo- ¿Me puede comunicar por favor con A.?

 -Aquí no vive.

 -...Gracias -contesto y cuelgo.

No me doy por vencido y vuelvo a marcar: 7 81 33 52.

-¿Bueno? -dicen de nuevo-: Sr. Martínez y Compañía a sus órdenes.

 (-¿Señor qué...?) -me quedo pensando y corto.

 (-¿Se estarán burlando?) Nuevamente llamo. Marco despacio esta vez:

7,
8,
1,
3,
3,
5,
2:
-¿Diga?...

 -Quiero hablar con A. -digo autoritario y sin darles tiempo a engañarme.

 -Un momento. -me dicen.

    Pasan cinco y diez minutos y nadie me contesta. Ya eche tres monedas más al maldito aparato y sólo me queda una.

 (-¡Qué diablos pasa!) -pienso y grito por la bocina, pero nadie me oye.

 -¿Bueno?... -hablan por fin y no puedo acordarme si es la voz que anteriormente me había dicho que era un número equivocado:

 -...¿Con quien quiere hablar? -le informo nuevamente y sigo esperando.

 -Mire, -dicen al fin luego de un suspiro- ella está muy ocupada. No puede contestar... dice que tiene mucho que estudiar para un examen mañana, o algo así, de modo que...

(Desde luego no le creo nada.)

 ...además me pidió que esta tarde nadie la molestara porque...

    Bajo la bocina: estoy cansado de oír esa voz mentirosa y cuelgo sin más. Abatido me dejo llevar por el cansancio. Realmente no se me ocurren muchas cosas para emplear el tiempo. (¿Dónde la podré encontrar?). Acabo comprando cinco pesos de boletos del Metro y me encamino a los andenes. Bajo lentamente las escaleras y no pienso en nada. Me pongo a leer los anuncios de escuelas para estudiar computación y enfermería (al mismo tiempo y en tres meses, completamente garantizado). Llega el tren y me subo. Hay demasiada gente para prestarle atención a nadie o para reconocer a alguien. Sin embargo en un extremo del vagón la encuentro milagrosamente:

 -A ver a qué horas... -me dice por saludo (finjiendo que está muy enojada, con esa mueca un poco coqueta en la boca que me conquista), pero yo no atino a responderle nada. Tan sólo me le quedo mirando sin saber qué decir.

 -Te estaba esperando desde hace mucho. Los trenes venían muy llenos... -continúa.

 ¿Pensará que le estoy creyendo? Ahora trae el pelo bastante corto y ondulado y una ropa y expresión distintas. Eso sí: indudablemente la minifalda negra le sienta mejor.

-Los trenes venían muy llenos, y los autobuses también. -dice de nuevo y se arregla otra vez mientras se abanica con una libro que trae. Un libro de Química orgánica o algo parecido. Me ofrece una pastilla de menta. Sonríe y se abraza de mí. -¿Qué te hiciste en el bigote? ahora se te ve perfecto... -alcanzo a escuchar que me dice. También dice algo de mi chamarra azul: que se ve bonita o me queda bien, no me acuerdo. La tomo de la mano y nos bajamos en Basílica. La verdad es que voy enojado y no hablo mucho con ella.

-¿Y cómo te fue en el trabajo? -Sigue diciéndome pero no le contesto. Pienso reprocharle algunas cosas en cuanto salgamos de aqui. Llegamos por fin a la salida y nos encaminamos a Montevideo, por la banqueta derecha de Insurgentes. Realmente voy enojado y tomo en serio mi papel, acariciándome de cuando en cuando la barba. Volteo a mirar el puesto de periódicos que está enfrente de la farmacia y en eso la veo abrazada de un tipo desconocido con un suéter café doblado en el brazo, como diez metros adelante. No aguanto más y voy hacia ellos. Enfurecido me abro paso entre la gente. Oigo algunos reclamos pero no les hago caso y empujo a los que están adelante para llegar más rápido. Llego en un instante y le pregunto
gritando:

¿Y quién demonios es este...?!

    Voltean la mujer de rojo y el hombre del suéter café, ambos con unas caras de asombro totalmente desconocidas. Casi inmediatamente me lleno de vergüenza y alcanzo a decirles:

-Perdón señorita...joven... es que la confundí con otra persona: discúlpenme... lo siento mucho.....

    Me alejo de la pareja aquella y veo a la impuntual mujer desconocida tomar el brazo del enfadado hombre desconocido que la esperaba enfrente del edificio del Vips y decirle:

-"¡Hola!..."
          ó
-"¿Estas aqui desde hace mucho?"
           ó
-"¿Tienes mucho tiempo esperándome?"

     ó...

    ó...

    ó... cualquier otra cosa parecida.

Y entonces -verdaderamente contrariado y sin tener más tarde que recorrer- me doy la vuelta, y regreso a mi casa.

(Como a las seis)