El viaje a esta ciudad me había fatigado y salí a la calle. Miré el reloj: eran cerca de las dos de la madrugada y lloviznaba. La calle se notaba desierta.
Empecé a caminar por la noche, entre los charcos del frío; sin embargo yo sentía un calor que surgía de mis costillas. Necesitaba descansar: desde hacía algunas semanas padecía insomnios y tenía horribles pesadillas en las que me perseguían constantemente.Me sentía asediado.
En esto pensaba cuando vi un bulto en la banqueta.
Sentí calofríos.
Cuando pasé por primera vez en esta calle no encontré nada; pero ahora que regresaba estaba algo ahí. Me asustó. Era un bulto negro, lo vi enorme; parecía como de un difunto. Me detuve.
Pasé uno o dos instantes así hasta que me di cuenta de que era una persona: un muchacho con la cara entre los brazos y sentado en la banqueta. La llovizna se le había quedado entre la pelambre de la cabeza.
Parecía no fijarse en mí y yo estaba a punto de retirarme cuando volteo a verme con sus ojos secos:
-¿Ya mero amanece?
-Sí -respondí y me senté junto a él, a pesar de que sentía repulsión de su cercanía: algo había en su mirada que me resultaba desagradable. Tenía necesidad de alejarme de ahí: sentía la lluvia que me calaba entre los huesos. Empecé a tener más miedo, pensé que algo se tenía que romper.
Estaba a mi izquierda y me rozaba de vez en vez en el brazo. La piel: el calor pegajoso de sus mugrosas ropas. Calzaba además unos tenis sudados y húmedos; me pareció enfermo.
-¿Dónde vives? -acerté a decir.
-En la calle.
-¿Tienes familia?
-.
-¿Cómo te llamas?
-En la calle nos conocemos todos.
-¿Cómo...?Preferí callarme, ya que por un momento tuve la certeza de que estaba loco: con sus andrajos y la piel negra de tan mugrosa.
El frío arreciaba. Estaba a mi derecha. Noté que me miraba y temblaba conforme crecía la madrugada. Soplaba un viento frío a lo largo de la calle. Los periódicos que lo envolvían al principio se habían esparcido y ahora estaban mojados en la banqueta. Un perro ladró.
-¿Tienes frío?
-.
-¿Quieres que te regale mi chaqueta?No esperé su respuesta, se la ofrecí al mismo tiempo que buscaba en mi pantalón algún dinero. Saqué el único billete que traía.
-¿Es de a cien? -me preguntó vivamente.
Era de a cincuenta. Lo tomó rápidamente y lo guardó entre sus ropas. Quise irme.
(No sé por qué lo hice)
Me dio tanta lástima que le entregué mis zapatos. Luego mi camisa, el pantalón. Y empecé a sentir un frío espantoso. Un frío que jamás imaginé se diera en esta región que -según me habían dicho- era calurosa. La llovizna se había transformado en lluvia que ahora resbalaba por la piel y nos chorreaba por todo el cuerpo.
Al terminar de vestirse, me vio tan desnudo que decidió darme su ropa.Durante un rato quedé confundido por sus pensamientos y me recosté en la banqueta ( recordé sus ojos ). Me hallaba enfrente de un charco de agua y vi que ahora mi reflejo tenía la mirada triste de un muerto. Sentí entre la mugre viscosa de la tela algo parecido a un billete. Ya no lo supe porque para mí ya nunca amaneció.( Y empezó a vestir mis trapos mugrosos y raídos )
Se puso esa camisa y ese pantalón roto de mendigo, [ con olor a infinita pobreza.
( Sus ojos secos )
Se acomodó mis tenis empapados y sucios, eternamente sudados. Sintió náuseas ]
Sus ojos
( Al terminar, volteé a mirarlo y lo encontré tan parecido a mí, que entonces me sonrió; y luego reconocí mi sonrisa en su mirada. Eramos tan idénticos, que por un momento dudé acerca de que si era yo quien partía. Nos hallábamos empapados hasta los pies. Nos levantamos de suelo y me fui. Jamás lo he vuelto a ver ).
Y yo que sigo aquí, entre las calles de esta ciudad ajena. Desconociendo todo. Aún buscando esos ojos entre las noches de lluvia. Sentado.
Esperándolo.